Eneagrama y futuro, a propósito de gastromarketing 2018

Las dos preguntas fundamentales son y seguirán siendo quiénes somos y hacia dónde vamos; siempre dicho en el sentido más profundo, más retórico, más filosófico posible, en la forma que pueda ofrecernos respuestas o al menos esbozos de verdad que nos ofrezcan seguridad ante un destino vislumbrado. Las disciplinas sociales y naturales al final terminan siempre en estas preguntas, ya que desde su respectivo rigor plantean formas de plantarse ante la vida, en muchos casos de vivirla y en otros de sobrevivirla.

Saber quién se es y hacia dónde se va es un conocimiento que al descubrir la nulidad de su respuesta nos enfrentan hacia otro paradigma vital: ser felices o no con la conciencia de que en realidad jamás conoceremos la solución a dicho problema. Las respuestas que encontramos en el camino son posibles vías de comprensión de nuestra esencia, de qué debemos hacer para ser mejores, en general nos ofrecen formas de trascendencia.

Desde la gastronomía conscientes de que la vanguardia es casi una forma de vida en algunos países, el tormento por encontrar respuestas del futuro parece estar más en el quiénes somos que en el hacia dónde vamos, y ahí lo medular de la introspección primero profesional y luego la obligada personal que nos determina a iniciar siempre desde adentro y luego hacia fuera.

El futuro a largo plazo siempre será incierto pero el presente es prácticamente una visión fugaz del futuro, una continua recta sinfín de decisiones tomadas y por tomar que sin consciencia alguna nos llevan por caminos que paralelamente pueden ser fructíferos o negativos. Tal vez lo que denominamos futuro sea lo suficientemente distante como para desconocer las posibles consecuencias de nuestros actos. Y es aquí donde me sumo a la reflexión de Jesús Sánchez en la que unió psicología de la más profunda y gastronomía: el Eneagrama como un recurso para explicar los tipos de personalidades en la cocina que más que reflejar el carácter poliédrico como cocineros dentro de un ámbito profesional, me sirvió para recordar que todo comienza por uno mismo, por la reflexión personal, por la introspección que revela secretos íntimos después transformados en sociales.

Mea culpa: durante muchos años aproveché las virtudes del Eneagrama como un recurso para descubrir hacia dónde podría llevarme la vida, para mejorar mi toma de decisiones o para fugarme de lo que a todas luces parecía un fracaso vital; craso error: muchísimos años después reconfirmo –en medio de un congreso de gastronomía y marketing, en Málaga, por boca de un admirable cocinero, y no en medio de una reunión académica en la Ciudad de México entre psicólogos, psiquiatras y locos asumidos en la que alguna vez estuve discutiendo de lo mismo- que para saber hacia dónde voy primero tengo que saber quién soy, cómo soy, cómo me transformo diariamente como efecto de mi muy bien asumida poliédrica personalidad. No soy 1, 5, o la combinación entre 3 y 8, reconozco que soy todo eso y más, que soy la sumatoria diaria de todos esos números… y así me aseguro la felicidad en la búsqueda de mi destino.

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El cocinero Jesús Sánchez, de Cenador de Amos, ejemplifica lo que debe hacerse en un congreso gastronómico: hablar de posturas filosóficas, corrientes creativas, o conocimiento que en general contribuya al pensamiento y la formación continua de los profesionales.

Porque el futuro es hoy, en este instante, es el segundero que inexorablemente dicta, son las próximas notas de la música que escucho mientras escribo, o el sorbo que estoy a punto de beber del café que siempre resguarda mi mano derecha al dejar correr las letras entusiastas. Mi futuro probablemente tenga más que ver con el futuro del mundo y viceversa; nuestro futuro crece diariamente porque crece la sensación y necesidad de expresar y cambiar, porque son las decisiones que tomamos, son los momentos que nos dedicamos a comprender más de nosotros mismos.

La delicada y fugaz ráfaga que ilumina la mente cuando una idea cuaja; la decisión de caminar por la playa o por un parque; la dicotomía entre hablar o escribir; y la permanente lucha por ser mejor por el simplemente hecho de serlo y sentirte reconfortado la hacerlo son las muestras más definitivas de futuro. Saberse uno mismo como clave del futuro parece más un trabalenguas que una recomendación, y en ese sentido las fórmulas de éxito son tan variadas como personas en el mundo entero; el axioma sería más o menos así: “si me conozco lo suficiente para saber quien soy, entonces reconozco mi grado único en el universo, luego comprendo que no existen dos iguales como yo, por lo tanto mi éxito es único e irrepetible tal como lo soy yo”.

¿Éxitos a la medida como premio de consolación ante las demandas sociales o como auténtica manera de ser feliz como individuo único e irrepetible? La respuesta radica no en lo que se obtiene al final de la búsqueda interior sino en el camino que cada uno explora para conseguir felicidad. Después de todo, parece que la felicidad como búsqueda filosófica es un concepto que se ha convertido en recurso discursivo de los más exitosos, medirlo sería complejo, comprobarlo solo podría hacerse siendo ellos mismos, y eso es radicalmente imposible e impensable. Lo que es cierto es que su éxito es el mío cuando de amistosa felicidad se trata; por ahora me queda claro que entre ser, estar, poder ser o parecer, siempre he preferido el querer ser, conocer, estar, y volver a empezar.

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