Social Media Chefs Lalo Plascencia cocina mexicana e innovación

Lalo Plascencia social media chef cocina mexicana sobre la relación entre la gastronomía y el uso de las redes sociales. Columna publicada en Revista Mujeres Shaíque del mes de mayo 2018 en Oaxaca.

Sirvan estas letras como un análisis de la realidad que vivimos muchos; señalamientos y varios mea culpa insoslayables. ¿Qué estás dispuesto a hacer por un like?, podría preguntar un moderno Mefistófeles a los incontables Faustos de la “aldea global” deseosos de fama y fortuna digital. Pero es que todos hemos hecho algo de lo que no nos sentimos orgullosos para tener más y mejor alcance: invertir muchísimos minutos repitiendo más de 50 veces una fotografía y así seleccionar la más adecuada para Instagram, editar hasta el ridículo los defectos de nuestra piel o cuerpo, construir escenarios ideales para reflejar una realidad a veces inexistente, e incluso “diseñar” experiencias para capturar la atención de los amigos o seguidores pero distan de la realidad tangible. Algunas son meticulosos y cuidan los detalles, crean escenarios o ambientes que traspasan las fotografías o vídeos, y otros publican lo que a los ojos del escudriño digital refleja una vida virtuosa, privilegiada o feliz, pero casi siempre son poses o posturas, imágenes creadas que reflejan una realidad que vive en la mente de quien publica y de quien sigue. Podría ser hipocresía o una buena edición de la realidad a favor de la fantasía; en cualquier caso es a veces más pretensión que consistencia.

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Todos lo hemos hecho: posado para una foto, pensado el mejor ángulo de nuestra cara para el perfil de Facebook, o cavilado hasta el cansancio una frase para esos extintos 140 caracteres de Twitter que limitaban el discurrimiento inútil y exigían jugar con el la lengua española para decir más en el menor espacio posible. Sí, todos hemos detenido una comida de amigos para alimentar las Stories y publicar lo “bien que se está entre familia/amigos”, lo bueno que es vivir acompañado, o lo genial de la ansiedad por hacer deporte y luego la ansiedad por comer cosas “delish” como compensación a la actividad física. Sin importar lo que se publique, el resultado siempre será la ansiedad por saber el alcance e impacto en los grupos en los que nos movemos, cuántos seguidores perdemos o ganamos, y si es motivo o no de influencia alrededor del mundo. Nos guste o no, estamos determinados por la fugacidad y virtualidad, nuestros mundos se alejan cada vez más de lo material y las relaciones digitales son una nueva forma de comprendernos como seres sociales. Ser feliz es un valor distante, y encontrar la paz en el exaltado “aquí y ahora” es hoy un activo comercial de las APPs dedicadas a repartir coaching digital sobre cómo desacelerar nuestra imposible vida; como en la antigua medicina, en pequeñas dosis el veneno siempre será su mejor remedio.

Efectivamente, ser paciente en el mundo acelerado, vivir sólidamente en una sociedad líquida, y cocinar a fuego lento en un gremio que parece renovarse cada 20 minutos son de las mayores contradicciones de nuestros tiempos. Durante mis tres años de estancia en Monterrey reflexioné sobre la carne asada y sus significados sociales; ese acto primario de reunirse en familia o amigos alrededor del fuego, para dividirse tareas de manera automática, y en una especie de refuerzo de los lazos sociales y generacionales parte del imaginario colectivo, comer por muchas horas entre cerveza, risas, mucha paz y proteínas de origen animal. En una carne asada el tiempo parece no importar: el carbón tiene un ritmo que pocos entienden y las brasas solo pueden conducirse con maestría cuando a cuestas se tienen muchos fines de semana repitiendo la misma acción. Pareciera que en tiempos de expansión de las redes sociales el auge de los asados, las “barbacoas”, carnes asadas o comida al aire libre era una contestación social ante la imparable vorágine de las comunidades virtuales, hasta que Instagram se comenzó a llenar de poses entre carbón y carnes entreveradas, Facebook de videos en vivo antes, durante y después de la carne asada, YouTube de tutoriales sobre cómo encender el carbón y cómo enfriar cervezas, y las listas de Spotify para los diferentes ambientes de dichas reuniones se hicieron famosas. Entonces, el aparente halo alternativo, escondite contra “posers”, y altar del acto social de cocinar que representaba una carne asada norestense se hizo tan famoso que sucumbió ante la oleada digital, y fue así como los acercamientos insanos a cortes gruesos de carne sobre el carbón, transmisiones en vivo sobre los ahumados y sus respectivos ahumadores, competencia sobre qué tan grande y verde era el “green egg” de los amantes de los asados, y los que antes se dedicaban solo a subir sus preparaciones por mero gusto de compartir se convirtieron –y se lo creyeron- en auténticos gurús de la manteca y las cantidades casi pornográficas de comida que preparan, consumen y comparten en el asador; una vez más la necesidad de aparentar se feliz por encima de serlo. No es que el ritual de la carne asada hubiese muerto, sino que se viralizó y se inoculó para siempre de la ansiedad mediática del que todos presentamos síntomas.

Mea culpa: mi comunidad digital en Twitter ha alcanzado hasta 4.5 millones de cuentas globales potenciales en febrero y marzo; por un lado mis objetivos de comunicar mejor el conocimiento de cocina mexicana se están cumpliendo, pero por siento que cada día estoy más lejano de las personas a las que se los digo. Cocinar bien en estos tiempos debió haber sido más sencillo por la información, referencias y tutoriales disponibles, pero a veces se siente que cada cosa que se hace es cada vez más fría y distante, y entre mejor sea el ángulo e iluminación de la fotografía o video del plato a divulgar tal vez más distante y menos sabor pueda encontrarse si se tiene el lujo de probarlo. Ser cocinero en tiempos digitales es un reto único porque pertenecer a una comunidad donde lo tangible es lo importante pero lo virtual es lo que manda nos deja contradicciones que enloquecen a cualquiera. Para cocinar profesionalmente en 2018 no basta con ser cocinero, hay que sazonar, comunicar y volver a empezar. Inocularse con dosis de paciencia y realidad ante la enfermedad viral de la mediatización exacerbada.

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