Hasta siempre Doña Elodia…

Un tlacoyo no es un trozo de masa cocinada sobre comal relleno de frijoles o habas en puré. Es un símbolo, un representante de una forma de vida que comparten millones de personas. Revela historia, tradición, métodos ancestrales y tecnología. Es un llamado constante a recordar la esencia familiar de un pueblo, es el representante de una necesidad nacional por mantenerse unidos, es un llamado de atención a la historia. En mi caso, es memoria.
Elodia Islas Mérida preparaba tlacoyos. Durante su vida laboral fue cocinera encargada de la mesas de distinguidos empresarios mexicanos. Para reconocerla había que mirar primero su piel blanca ligeramente manchada por el paso del tiempo, con ojos entristecidos por las penas no superadas y la sonrisa fácil que recordaba tiempos mejores, ilusiones rotas superadas por la vida cotidiana, y la felicidad de sus hijos, nietos y bisnietos.
Siempre fue baja de estatura, sin embargo, los años le cobraron factura y a la vista de todos cada año parecía más diminuta pero con un espíritu de hierro que parecía que se negaba a envejecer. Sus manos siempre fueron pequeñas y suaves, el rostro sonriente de marcadísimas arrugas que enmarcaban una nariz fina distingo de su personalidad y heredada a su hija y nieta.
Se hacía más pequeña a la vista, pero lo que nunca empequeñeció fue un trenza que de largo superaba su cintura. Se encaneció con el paso de los años pero nunca redujo su tamaño, al contrario, Elodia la cuidaba como muestra inequívoca de su origen y destino. Siempre fue un misterio cómo se mantuvo firme y sin soltar un solo cabello sobre la comida; cuando era niño sostuve esa trenza de cabello negro y entre canoso y la cargaba lleno de admiración y preguntas sobre cómo cualquier cabello podría alcanzar ese tamaño. Cuando crecí la seguí viendo con sorpresa, el enigma se mantuvo inresoluto: inequívoca muestra de su personalidad indescifrable.
Conversadora imparable, sus oídos la traicionaban ligeramente, pero la vida la premió con escuchar a discreción. Seleccionar entre qué y a quiénes oír aduciendo una deficiencia auditiva siempre me ha parecido un recurso que pretendo ganarme con los años. Un premio de la vejez y a la madurez, una manera que te da la vida para escuchar lo verdaderamente esencial; escuchar y dejar de oir. 
Las horas y temas de sobremesa eran interminables, pero irreparablemente terminábamos conociendo una parte de su historia infantil, un recuerdo de su juventud o un sentido homenaje a los jefes de toda su vida, quienes la adoptaron como su propia abuela y que en sus últimos años siempre la convocaron para festejarle, recordarle, y pedirle que cocinara (o coordinara la cocción) de enormes cazuelas de arroz a la mexicana. Delirio que tuve oportunida de probar durante mi infancia pero que valoré en mi madurez posterior.
Los motivos de reunión entre mi familia y ella siempre fueron gastronómicos. Pretextos sobraban para comenzar a cocinar. Parecía que su peaje por la invitación a la casa de mis padres era la preparar tamales, costillas en salsa y tlacoyos. Era su forma de decir gracias, cocinarnos era su forma de regalar cariño.
La memoria me vincula con mis años de infancia porque precisamente eran esos platos los que podríamos encontrar cada 2 de noviembre durante la invitación anual a su casa para celebrar el Día de Muertos. Tengo sólidos recuerdos sobre su manera de repartir tamales, pero más fuertes son los de ella reservándole a su nieta consentida, y a sus hijos (sus bisnietos consentidos por añadidura) una tanda de tamales verdes, rojos y tamalatas, un tamal preparado con frijol negro cocido que sirve para aprovechar la masa sobrante cuando los guisos de salsa verde, roja y rajas se terminan.
Confieso que cada visita a su casa era una auténtica excursión. A la Virgen de Guadalupe, la Meca y a Doña Elodia se les visita anualmente bajo el mismo rigor del culto, de niño su casa y ella siempre guardaron un misterio que reservo en el recuerdo de inocencia.

En años posteriores a mi infancia, las visitas a la casa de su hija y de su nieta fueron motivo de encuentros más estrechos. Las proximidad de la casa de mis padres con su casa le permitieron visitarnos con regularidad en los últimos 10 años. Cuando yo estudiaba gastronomía sus visitas eran motivo de un choque cultural grandioso que rompía con todo lo que me enseñaban en las aulas pero que guardaban sabiduría que hoy reconozco como la más valiosa. Sus tamalatas y su técnica mixta de cocción de costillas de cerdo son parte de mis estudios metodológicos de la cocina mexicana. Un pequeño homenaje para quien no desistió de cocinar de la misma manera durante más de 50 años.

Pero sus ojos, insisto, siempre parecían tristes, y su risa pequeña era motivo de carcajadas entre todos. Mi padre bromeaba con ella, y ella respondía sin temor alguno, a pesar de que tanto mi padre como yo parecía que le duplicábamos en tamaño.
Fue una cocinera ejemplar, madre sufrida, con culpas que le carcomieron la vida. Llantos contenidos por décadas que nunca fueron expiados por la luz de la verdad. Las deudas de su hija serán entendidas en otro momento, espacio y tiempo. Porque Elodia ya descansa. Orgullosa y siempre pendiente de su hija, amorosa en cada tlacoyo preparado y conversadora a la menor provocación, murió el 10 de diciembre tras un año de agonía fatídica que la alejó de la realidad. La enfermedad, enemigo que nunca la dobló, la alcanzó en 2012 como si hubiera esperado paciente para derrumbarla por completo. Su fortaleza física parecía ser la coraza de sufrimientos indecibles con un alma dolida por el tiempo. La muerte alcanza a quienes encuentra con el espíritu caído, y ella se cansó de mantenerlo firme.
Para siempre Doña Elodia; para siempre mi orgullo de ser uno de los tantos niños, propios y ajenos sin distingos, que alimentó con gusto. Cabe aclarar que mi madre es hija de su hija. Diana, mi hermana, y yo somos sus bisnietos. A mi madre le tocó ser la nieta consentida y su historia se remonta cuando en su infancia pasaba las vacaciones a su lado. Sin pecar de soberbia, la añadidura de cariño a su nieta consentida fue motivo de orgullo para mi hermana y mío.
Un tlacoyo en la calle es alimento para cualquiera, y para mi siempre será memoria. El recuerdo de mi bisabuela. De un ser diminuto que me reveló sin saberlo algunos secretos de la vida, y que inspiraba fortaleza y ejemplo ante la dificultad del ser. Nos dolió su partida, pero nos dolía más su vida en sufirmiento. Descansa en paz, Elodia Islas Mérida. Un tlacoyo, su recuerdo. Un bocado, mi memoria.
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laloplascencia

Cocinero mexicano dedicado a la investigación gastronómica. Nombrado por diario Excelsior como "El chef que ha revolucionado la forma de entender la gastronomía mexicana" Fundador de CIGMexico - Lalo Plascencia, nombrado Maestro Cocinero de México, conferencista, masterclass y promotor de #sherryMX Creador del Seminario de Actualización en Cocina Mexicana y Gastroinnova: Seminario de Innovación y Creatividad en Cocina Mexicana

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